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Volumen
11

EDITORIAL
Lo dejamos asi o peleamos
En invierno, íbamos todos los domingos a la matiné del cine del barrio, el “Majestic” en Avenida Italia y Comercio. Ibamos en “barra”, eran como siete horas de películas, tortuguitas de jamón y queso, bizcochos, risas, bromas, algún “afile” y a veces a alguno se le pasaba la mano y se desubicaba.
Aparecía el portero, que era el mismo que vendía en los intervalos los caramelos y chocolates, ubicaba con su linterna al que estaba molestando y lo sacaba del pelo y en el aire. Nadie decía nada, todo el mundo se aguantaba y el próximo domingo ese que habían sacado era el que se portaba mejor.
Que se armara lío en el Estadio o en una cancha de barrio era muy difícil, el que lo hiciera o insultara a alguien en esos lugares o en un baile, tenía que “acomodarse” muy bien a las piñas, porque si no le rompían todos los huesos.
Se respetaba a los mayores, había unas cuantas academias de boxeo, como la de Canillitas en la Unión y nadie sabía con quién se podía encontrar en una pelea callejera.
El “Negro” Larregui era del barrio, a veces se juntaba con nosotros, era un delincuente, un delincuente “pesado”, nunca invitó a nadie de la “barra” a cometer una fechoría, nunca robó a nadie en el vecindario.
Eramos muchachos pobres, con muy poca educación, estabámos en lo mejor del partido, cuando acertaba a pasar una vecina que venía del almacén, el juego se paraba , la pelota no se movía hasta que esa señora hubiera pasado.
Hoy viendo lo que es nuestro país, me siento orgulloso de aquel puñado de botijas que andan desperdigados por el mundo, o viviendo en un asentamiento, o quizás muertos en una tumba sin nombre que nunca nadie encontrará.
Al “Negro” Larregui lo agarraron una noche, lo juzgaron, le metieron un montón de delitos, unos hechos por él y otros que andaban hacía mucho tiempo por resolver y había que cerrarlos de alguna manera.
Era una época en que había que pelear por todo, principalmente para defenderse, para defenderte del carterista que te quería “chorear” en el ómnibus, del carnicero que te quería vender un pedazo de garrón por pulpa, del que te quería sacar la pareja en un baile o de aquel pibe que venía de otro barrio a jugar en el cuadro, que jugaba muy bien y se quería quedar con tu camiseta número cinco que dormía contigo debajo de la almohada todas las noches.
El que viene a atacarte, a robarte, a violarte, debe saber que cuando sale en la noche a cometer sus delitos se la está “jugando”. Debe saber que va a tener enfrente a alguien que no se lo va a hacer fácil.
Y lo que usted debe saber, es que el que roba en patota o armado, en el fondo de su alma es un cobarde. La delincuencia brutal que hay en nuestro país no es algo normal, usted se ha acostumbrado a ella, la espera en cada esquina y con lógico temor, pero no es una forma de vivir, así no se vive por más que lo quieran acostumbrar a ello. La vida es otra cosa y si hemos perdido el derecho de caminar por la calle seguros, entonces llego el momento de pelear.
De pelear aunque en ello le vaya la vida.
Por: Gualberto Milán
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