El Rey Negro de Paris

Anoche se murió Andrade. Nada mas. La noticia así comunicada, escuetamente, simplemente, con la voz reglamentaria de un funcionario, nos pegó en el alma. Porque se apagaba una gran estrella y porque se iba un maestro a quién admiramos como ninguno. Por su juego, por su arte, por su orgullo.

José Leandro llegó al punto más alto donde puede llegar un atleta y poco después fue nuevamente pobre e ignorado. Pero cuando Paris lo aplaudía y los palacios se abrían para recibir a ‘’mecié  Andrade’’, su viejo orgullo, una de sus más caras virtudes – creáse que él era así – lo hizo parecer imponente ante los poderosos. Después, repartiendo papeles bajo el calor del verano, en alpargatas, sin un centésimo, abandonado y dejado de lado hasta por sus amigos y ya lejos de la multitud, Andrade fue el mismo moreno orgulloso, soberbio, con la cabeza bien en alto, mirando como era su modo de mirar: hacia lo lejos y a nadie.

Fue un maestro del juego. En una tierra donde el fúbol es un arte, él fue el artista por antonomasia. Jugaba como cumpliendo un rito. Detenía la pelota con los brazos abiertos y salía con ella al tranco, como al compás del tamboril; medio de costado, sesgando siempre la línea, con la pelota dormida en los pies que ya había hecho ‘’morir’’ en su fuerte pecho cuando la hacía rodar suavemente, mansamente, como a una novia…entregada, sumisa, solo de él.

Jamás vimos otro igual en los medios; jamás nos gustó tanto un astro jugando al fútbol; era la elegancia y el dominio y la misma soberbia paseando su arrogancia por todas las canchas del mundo. Por que José Leandro era el mismo fútbol. Su estrella ya se había acabado antes de morir. Pobre, enfermo, casi en la miseria. Y esta gloria olímpica murió anoche sola y abandonada en el asilo Piñeyro del Campo, donde viven y mueren los que ya no tienen a nadie en este mundo. Y tal vez anoche, Andrade vió nuevamente Colombes, su querida bandera y oyó los hurras triunfales y las marchas que abrían el paso a los vencedores maravillosos del primer laurel olímpico.

El estaba allí, entre los mejores del mundo, aquella tarde cuando la bandera de la patria subió más alto que ninguna; él estaba allí, único y glorioso, soberbiamente triunfal cuando las dianas de París dijeron al mundo que había triunfado un nuevo arte sobre la tierra. Ya era otra cosa, pobre, abandonado, solo, el frío de la muerte no le habrá hecho mucho daño; el largo frío de la vida se había metido en su cuerpo ya agónico, el cuerpo estupendo que alguna vez se quiso tallar en bronce

Así se fue José Leandro Andrade. No debió ser así.

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