La muerte de Artigas 

‘’Yo no debo morir en la cama, sino montado sobre mi caballo’’ ¡! ¡¡Traigan al Morito que voy a montarlo!!!. Pero habrían de ser estas casi de las últimas expresiones de su poderosa libertad interior. Porque al amanecer, su fiel negro Joaquín comprobaba con espanto que Artigas expiraba en silencio, con sus ojos lejanos como todo lo suyo. Ahí estaba ahora con su mentón más afilado, al aire, desordenados sus cabellos blancos sobre la almohada; hundida su ancha frente en el espacio casi dorado de la pieza con los primeros rayos de luz…más curvada su nariz aguileña, casi filosa y

‘’Yo no debo morir en la cama, sino montado sobre mi caballo’’ ¡!

¡¡Traigan al Morito que voy a montarlo!!!. Pero habrían de ser estas casi de las últimas expresiones de su poderosa libertad interior.

Porque al amanecer, su fiel negro Joaquín comprobaba con espanto que Artigas expiraba en silencio, con sus ojos lejanos como todo lo suyo. Ahí estaba ahora con su mentón más afilado, al aire, desordenados sus cabellos blancos sobre la almohada; hundida su ancha frente en el espacio casi dorado de la pieza con los primeros rayos de luz…más curvada su nariz aguileña, casi filosa y buen recuerdo para el tiempo, el perfil de una antigua medalla olvidada: ¿ostracismo o cautivero?.

En la mañana del día siguiente , un carretón sin toldo, arrastrado por bueyes, traqueteando, llevó su cadáver desde el rancho hasta la fosa del camposanto de los insolventes…’’tercer sepulcro del número veintiséis  del cementerio general…un adulto llamado José Artigas, extranjero…’’ – como anotó el enterrador -.

Lo acompañaron algunas personas de buena voluntad, esclavos y el negro Joaquín, que lo lloró con lágrimas centenarias.

Seis años después, unos hombres graves, vestidos con levitas y sombreros de copa, trajeron sus restos de la Asunción y los depositaron en la Aduana de Montevideo al acre rescoldo de un galpón en la isla de Las Ratas, frente al puerto. Hasta que vinieron a dar al Panteón Nacional, en medio de alto y recogido sentimiento patriota. Era lo justo. Por otra parte, su viva presencia, por lo menos, ya no podía inquietar a nadie más.

Extraído de: »ARTIGAS: Del Vasallaje a la Revulucion»
Por: Jesualdo Sosa. Nacido en Tacuarembó. 
República Oriental del Uruguay en 1905.

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