La Pasión de Rosa Luna

Alta y espléndida, con un rostro bello, silueta opulenta yacorde con su estatura, más que morena. Morenísima, era una diosa de ébano.

Y Rosa Luna, con su vestido blanco de altas plumas, que brotaban desde sus caderas, hacía delirar a grandes y chicos, pues irradiaba una alegría majestuosa. Un día la calle se llenó con su nombre, los periódicos le adjudicaban las primeras planas, los noticieros de radio y televisión le dedicaban sus titulares.

¿Que había pasado?

Que la tragedia se había impuesto en el tenebroso mundo de su vida diaria y un irrisorio pelele había muerto al enfrentarse con su entereza de hembra El caso fue así: al terminar la jornada diaria, ella y su proxeneta (su fiolo, su chulo, su Pimp) se reunían en uno de los largos bares de ‘’La Pasiva’’ (esa zona de soportales que rodea la Plaza Independencia de Montevideo), Allí eran los corrillos, las envidias, los odios, el aburrimiento entre los colegas de ambos. Rencorosa por sus éxitos fuera del bajo mundo, otra mujer quiso robarle el hombre a Rosa Luna. . Tuvo citas con él y ella lo supo. En vez de atender clientes, dedicó una noche entera a seguirlos, a observar donde bebían sus copas y en que hotel se encerraban. Volvió a ‘’La Pasiva’’ e invitó al chulo de la otra a enfrentar juntos esa situación. Este no quiso. Más aún, se enfureció con ella y le arrojó una silla…Rosa Luna evitó el cobarde golpe. Acorraló al sujeto y sacando una navaja de entre sus ropas, lo últimó sin piedad. Ningún fiscal quería acusar y ningún juez quería fallar en su contra, hasta que el país aliviado – conoció este fallo : que Rosa Luna, por su profesión, tenía el derecho de llevar algún arma consigo y que el uso de esa arma había sido en legitima defensa propia, ya que el otro sujeto la había agredido con una silla. En suma, que estaba libre.

Lágrimas de alegría y aplausos de emoción la acompañaron a todo lo largo del desfile en el siguiente carnaval, cuando las altas plumas de su vestido espectacular se movían de acuerdo al borocotó – chas – chas de los tamboriles montevideanos.

Por: Alberto Adellach

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Authors